Yo ya no pensaría en la muerte, de no ser por los encuentros fortuitos con los amigos, que como yo, recuerdan esa innegable seducción. Miento. Para ser sincero, pienso más en ella, la muerte, que en la vida misma y todos sus alrededores.
Sigo pensando lo mismo: Me falta coraje, huevos, valor, valentía; pero puedo ponerme fechas... para incumplirlas, para que se me olvide o (lo que sería mejor) que el mundo entero me olvide.
Soy posesivo y la vida no me pertenece, ni ella, ni nada; lo único que tengo mío son mis palabras y las regalo al mejor postor, por el solo hecho facilista de descargar mis penas. Soy como un proxeneta de penas, difusas ilusiones, analogías enclenques y metáforas obvias, pero con menos clase que estos.
Yo no quiero un cadáver joven, yo quiero uno propio, yo quiero uno que grite mi nombre con la boca cosida y sin ceremonia religiosa; eso sí, no quiero uno exquisito.
Me joden muchas cosas, por eso no me voy ahora (por eso y por falta de valor, repito). Es absurdo mi deseo de posesión, pero difícilmente pueda vivir tranquilo de nuevo. Hay cosas que no me cabrán en la cabeza nunca.
En definitiva no me iré hoy, por lo menos no por mi culpa, pero dejaré en claro que esperaré a ser más y más poco sexy de lo que ya soy, para ir planeando mi huida de esta ratonera, un poco perdida, un poco carente.
martes, 1 de noviembre de 2011
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