Unas palabras que te debo; unas palabras que me debo.

martes, 30 de agosto de 2011

Frío, solo y con ganas de nada.

No quiero sonreír, no quiero estar bien. No me interesa hacer feliz a nadie, no me interesa nada. No estoy de lucha con el mundo, no estoy de lucha conmigo, solo no quiero sentir que doy vueltas en la nada, que estoy ahí solo para cumplir en la vida de los demás, porque hace siglos que no cumplo en mi propia vida y eso hace que me odie tanto que no puedo no decirlo.

El calor me consume, pero es tanta la soledad que ya no se si es calor, o me quemo del frío. Tengo que empezar a aceptar que yo si estoy tan solo como el mundo me grita. No hay de otra.

Tal vez lo único que me alivia es escuchar la voz de alguien que puede estar más mal que yo, gritando lo que yo quisiera tan solo susurrar.

Si el mundo hace lo que le da la gana conmigo ¿por qué no puedo hacerlo yo también? Hacer lo que me salga de las vísceras, así no lo intente siquiera.

Un manojo de deseos reprochables.

Debería ser sincero todos los días de mi vida, pero después me doy cuenta de lo ridículo que esto seria. La verdad es que quisiera algún día enamorarme de una prostituta, por el solo hecho de poder darle al dinero el peso de mi felicidad. No quiero llegar a los 60 años, no se me hace necesario; raya con la insensatez.

Quisiera caer algún día desde tan alto, que pueda morir del susto, antes de caer, eso sí, disfrutando la vista. Morir más de una vez sería muy agradable. A veces desearía enviudar antes de los 30, pero después me doy cuenta que difícilmente podría estar casado para entonces.

Caer en un par de drogas, sentir el dolor de la decadencia física, la piel pegada a los huesos, dejar el placer de comer, ausentarme de las responsabilidades de estar vivo, para disfrutar a fondo de la incoherencia de perder la vida con cada paso que se da.

Desearía creer en la ilegalidad, en la subversión, en muchas otras cosas que alimentaron las fabulas de mi niñez, pero ya no puedo creer en los cuentos infantiles.

Quisiera tener la vida pegada al alma, pero ya hay cosas que es mejor no pedir. Un manojo de deseos reprochable y unas cuantas babosadas más. Un beso de una desconocida, o una noche de sexo carnal, brutal y sucio, en el baño de un bar, con una mujer que no quisiera volver a ver.

Quisiera unas 60 pastillas de algún somnífero. Quisiera un tinto, oscuro y amargo, como debe ser. Quise no mencionarte, pero me quedó imposible.

Por favor.

















Así sea un ratico, pequeña.

lunes, 29 de agosto de 2011

No mucho más.

Duele sentir que vivo enamorado de quien ama a alguien más. Fin.

Uno no se acostumbra.

-Te mentiría si dijera que no me duele- Le dije, aunque no fui capaz.
Todas las madrugadas me despierto sudando su nombre, pero tampoco se lo podría decir. Hay cosas muy poderosas que no debe saber, señorita.

Yo pensé que después de los 15 años no se vivía esto con tanta intensidad; pensé, pero al parecer es una maldición que no me abandona. Ojalá yo pudiera sentirme igual de tranquilo como antes. Se me dificulta sentir algo más allá del dolor, cada que inhalo es como una puñalada entre estomago y corazón; físico, nada de metáforas.

"A sad coffee" dice el hombre de voz oscura a mi oído, ese tan desilusionado, tan triste, pero con mucha más vida muerta bajo su ser; él tiene razones, yo no. La vida me dice tantas cosas, que yo no logro entender ninguna.

Es difícil pensarte, más que nunca. Ya no soy el mismo, aunque sigo siéndolo; ya tu vida no me ve igual, ya tu corazón está lejos.

Dame un café, un par de golpes en la mejilla (para ver si duele menos todo) y regaláme un cigarrillo. Después podés irte, si querés, partir puede ser una opción. No te vayas muy lejos ,eso sí, porque me hace falta añorarte. Sufrirte también hace parte del trato.

http://www.youtube.com/watch?v=uWczuzNjTeo (Escúchese esto, y lea.)


miércoles, 24 de agosto de 2011

Si ha de no pasar, seré feliz.

Hay tanto que no puedo ver, que me agobia. Yo no quisiera pensar y ser como esta canción que no dice nada, o que aparenta decirlo.

tantos rostros que andan divagando y que nunca veré, que me verán y no les importará, y yo... aquí. Tantas vidas que quisiera atravesar, pero que no estarán. Cada día un poco más solo, como amerita. ¡Maldita T que no se deja escribir tranquilamente! Ya las letras es hora de que empiecen a abandonarme.

Que bueno sería desaparecer, así, como si nada y que la vida no te extrañe, pero sobretodo no extrañarla. Que bueno sería todo.

Dar un par de vueltas en circulo un tinto y un cigarro y ¡PAM!, desaparecer en medio de cualquier lugar, para no aparecer más. Da igual, si es para continuar vacío, es mejor hacerlo sin continuar.

martes, 23 de agosto de 2011

No más.

Vuelvo, como un maldito a su destino, a mis noches de insomnio; vuelvo a no encontrarme en ningún lado, para poder darle un poco de sentido a dar vueltas por la vida. Rodeado de rocanroles, de viejos argentinos que me cantan de cosas que no conozco, de vidas que no tengo.

La frustración no es una buena compañía, ya sea por la realidad, ya sea por la ficción; la frustración llega con ganas de no irse nunca, como una mujer herida en su ego, inamovible, dispuesta a no marcharse hasta hacerte perder la cabeza.

Si no se encuentra la manera de expresar lo que desgarra desde adentro por salir, ¿de verdad existe? ¿O son solos las ínfulas de expresar la nada? ¿Será tan solo el no encontrar un cómo?

-¡Callese, anciano!- Le grito al altavoz, como si este fuera a sentirse. No aguanto un "salgamos al campo" más o un "Dale, sonreí"; no, esto no está para semejantes güevonadas, por lo menos no hasta encontrar los medios, las formas, la fuerza de lo que quiero gritar, o por lo menos hasta convencerme de que no tengo nada que expresar y solo es mi ego tratando de hacerse notar.

Tantos maestros que yo nunca seré, tantas obras que no tendré. La obra me acompaña, así nadie más pueda verla nunca. Mi cuerpo cada día empieza a aceptar su putrefacción inminente y mi mente todavía no. Recordá, siempre, que podrás morir tranquilo si confiás en unos pocos buenos amigos, si no... no perdás el tiempo, la vida es sólo la oportunidad que nos dan para hacernos inmortales.

sábado, 20 de agosto de 2011

Hay veces que sé es más que simples palabras.

Quise escribir en versos, y no lo logré. Quise componerte una canción que no sonara idiota y no fuera cursi, pero no lo logré. Quise darte un poema de amor desencantado, simulando ser un poeta maldito, pero ni simular puedo. Quise expresarte que no me interesa que seas mía, que te volvás un apéndice de mi ser; que no me interesa ser tuyo,  que no quiero comprometerte, ni pedirte matrimonio, pero no lo logré, porque tal vez si lo quería.

Quise escribirte algo en donde pudiera decirte que no me interesa ser de nadie, ni que seas mía, de nuevo; algo donde pudiera gritarte en la cara que no quiero SER, lo que sea, en tu vida; quise escribirte que lo único que me interesa es estar, estar a tu lado, dentro tuyo, afuera, ausente o presente, pero estar donde vos querás que yo esté. El caso es estar en tu vida. Y aquí estoy.

domingo, 14 de agosto de 2011

¡A La mar!

Nunca entendí muy bien, por qué llamar al mar como si fuera una mujer, hasta que conocí una mujer que fue como el mar. Ese día entendí el por qué debía hablar de éste, como una mujer, como un amor lejano, como una idea imposible.

Ahora entiendo la timidez de la arena, y la impotencia de las palmeras. Ahora entiendo la desgraciada suerte de las olas, lo afortunada que es la luna. Lo afortunada que es La mar.

"¡A La mar!" dije, bastante desesperado. A ella, a ellas, tan irreales, tan imposibles, tan de nadie, tan de alguien que no seré; tan mías, tan ajenas.

Si usted, todavía, no entiende por qué el mar no es Él, si no Ella, tiene que conocer a La mar, como una amante ficticia, como la dueña de su cabeza, como el martirio de sus días, como la vida de sus penas. Si no lo logra, entonces busque una mujer, que como ella, sea todo lo anterior; una mujer que sea La mar, pero no me culpe si lo logra.

¡A La mar! exclamé, y me sumergí en ella, en la alcanzable, en la inmensa, en la celeste con un carácter cuasi inmortal. ¡A la mar! a la fría, a la indomable, a la de carne y hueso, a la mar.

Un día, sin falta, partiré.

A veces quisiera poder ponerte un nombre; otras veces no. Tener como llamarte, sin tener que inventarte. Quisiera que la voz saliera de mi garganta y saber que es a vos a quien llamo, gritar, sentir que es mí voz la que se desgarra, intentando darte un nombre, sin que lo ignores.

A veces, quisiera que tuvieras un rostro, y dejarle menos espacio a mi fantasía. Que tengas el rostro que tienes hoy, pero que tuviera fuerzas para aceptar que es ese.

A veces quisiera que te quedés ahí, inmóvil, como una foto, y negarnos a la idea de que te vas a ir, de que me iré. Que no haya nada que recordar, porque todo sigue igual, porque nadie faltará, porque el mundo dejará de girar.

Algunas veces quisiera, quisiera tantas cosas que parece ridículo; pero otras tantas veces prefiero que no, que no tomes rostro, que no tengas ni nombre, ni voz; que te vayás siempre y yo también. Que el mundo avance, que este momento, que todos los momentos envejezcan, y se guarden, tal vez para no volverlos a ver, tal vez para cargarlos por siempre, con el ineludible peso del deterioro y el desgaste.

sábado, 13 de agosto de 2011

De musas y otras cosas.

Convertir mujeres, completamente normales, en musas se vuelve mi pasión con cada día que pasa. Desde aquellas que observan un vagabundo pasar por su lado y logran que imagine versos de canciones que nunca escribiré; hasta aquellas que asoman su rostro un día cualquiera de un mes sin importancia y llenan mis días de una falsa ilusión.

Algunas las convierto en palabras, para no tenerlas que ver. Otras parecen emerger de versos que otros han escrito ya, como hay unas cuantas que prefieren ser solo una oración, para no tener que cargar con la difícil marca de atormentar mi cabeza.

Una mujer que pasa llenando un aire que ya no existirá más, alguna otra que alimento las ganas de perder mi cordura, y no llenó mi corazón. La mujer que preferí inventar, para no mirar a la de verdad y que así, perdiera el sublime encanto que produjo en mí. Aquella que vivió dentro y ha tenido que irse, sin quererlo del todo.

Tantas, tan diferentes, tan únicas, tan grandes; Unas se van, otras llegan, alguna que no querrá irse nunca. Todas guardadas como fotos desgastándose con el paso del viento. Algunas que no recuerdo, algunas que no quiero recordar, de todas me llevo el recuerdo, así sea, para no volverlas a mirar.

Convertir mujeres en musas es mi pasión, porque es más fácil, volverlas palabras, imágenes y hasta canción, que darme a la tarea de amar a alguna de verdad.

lunes, 8 de agosto de 2011

No saber tiene su gracia.

Realmente no me importa, en estos momentos, lo que pasé afuera de mí. Mantenerme de pié se me hace vital. A veces quisiera preguntar directamente lo que me interesa saber, pero perdería encanto, con el solo hecho de hacerlo.

Sonrío cansado, pienso somnoliento, siento confuso. Doy, y doy, y doy vueltas una, y otra, y otra vez.  A estas horas, ya hasta empiezo a pensar visceralmente.

Hay cosas que recobran sentido, hay otras que nunca lo perdieron, hay unas más, que lo adquieren por primera vez. Mirar, buscar y sentir el sol de medio día, escondido en medio del bullicio tiene una connotación diferente, hoy por hoy.

Por favor, un par de ojos deberían de aparecer e indagar en mi tímida ausencia, que así, hasta yo, quiero ser canción.

No me mire de a mucho, que me enamoro.

Un par de tintos. Una canción que suena desde hace tres días y un rostro que apareció ya hace un par de semanas.

¿Qué podría decir? yo creo que nada, todo lo que me permito decir, ya lo dije. Lo siguiente es mencionar lo que no puedo permitirme, ósea, lo más importante, lo más real, lo menos sincero.

Mis neuronas a esta hora están muy ocupadas, golpeándose unas a otras y el dolor de cabeza es insoportable; pero necesito escribir, hace mucho no lo hacía. Ya lo necesitaba. Una voz que me imagino, aunque ya conozco. Otra que suena, como banda sonora de la única película que nunca terminaré de ver.

Es increíble, un par de días, acompañado de dos soles, y ya es prácticamente sublime. Ya quiero regalar toda mi música, ya quiero redactar mi biografía, ya necesito un café.

Una taza de miel, mirándome a los ojos; unas cuantas dosis de incertidumbre. ¿Sabe que me haría muy feliz? Lograr no sentirme culpable, ni tan patético; pero es ineludible sentirlo.

Un par de tazas de café y yo sigo con mucho que decir. Como que no me gusta que me mire, no porque no me guste ¡Tan solo si pudiera sentirme más tranquilo cuando lo hace! Si pudiera mirar y no sentir que se van las palabras y solo puedo sonreír.

Solo quiero pensar que puedo mirar esa rara efusividad, hecha usted, y poderle preguntar tranquilamente: "¿Quiere venir a caminar un rato conmigo?".

Solo en cine.

Esa mágica sensación. Camino a tientas, me choco un par de veces; es imposible recrearte esa sensación de saber que será solo para mí, que será una experiencia solo para mí durante los próximos 90 minutos. Ya la imagen empieza a tomar forma, aunque solo pueda percibir su sonido.

Tranquilamente me deslizo en el asiento y, con lo que la leve miopía me permite, me dispongo a prestar mis sentidos al espectáculo. Todo como un paréntesis en mi existencia.

No soy nadie, no existo; hora y media de no ser yo, de no ser nadie, de sentirme dios, impotente, incapaz, pero omnipresente. Hora y media transcurren y no existe nadie, ni nada, lo que veo es imaginario, lo que está afuera no es real. Todo tan intocable, todo tan lejano. Como imaginarme tu rostro, que nunca he visto, aunque lo haya visto.

La vida transcurre afuera, pero en mí no. Y cuando por fin acaba, cuando los aplausos ausentes aparecen, cuando los espectadores que no están se levantan de sus asientos, cuando se encienden las luces, todo vuelve a ser tan real, tan de verdad, aburrido, sin cortes, sin música de fondo, sin créditos y sin final.