A veces quisiera poder ponerte un nombre; otras veces no. Tener como llamarte, sin tener que inventarte. Quisiera que la voz saliera de mi garganta y saber que es a vos a quien llamo, gritar, sentir que es mí voz la que se desgarra, intentando darte un nombre, sin que lo ignores.
A veces, quisiera que tuvieras un rostro, y dejarle menos espacio a mi fantasía. Que tengas el rostro que tienes hoy, pero que tuviera fuerzas para aceptar que es ese.
A veces quisiera que te quedés ahí, inmóvil, como una foto, y negarnos a la idea de que te vas a ir, de que me iré. Que no haya nada que recordar, porque todo sigue igual, porque nadie faltará, porque el mundo dejará de girar.
Algunas veces quisiera, quisiera tantas cosas que parece ridículo; pero otras tantas veces prefiero que no, que no tomes rostro, que no tengas ni nombre, ni voz; que te vayás siempre y yo también. Que el mundo avance, que este momento, que todos los momentos envejezcan, y se guarden, tal vez para no volverlos a ver, tal vez para cargarlos por siempre, con el ineludible peso del deterioro y el desgaste.
domingo, 14 de agosto de 2011
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