Unas palabras que te debo; unas palabras que me debo.

lunes, 8 de agosto de 2011

Solo en cine.

Esa mágica sensación. Camino a tientas, me choco un par de veces; es imposible recrearte esa sensación de saber que será solo para mí, que será una experiencia solo para mí durante los próximos 90 minutos. Ya la imagen empieza a tomar forma, aunque solo pueda percibir su sonido.

Tranquilamente me deslizo en el asiento y, con lo que la leve miopía me permite, me dispongo a prestar mis sentidos al espectáculo. Todo como un paréntesis en mi existencia.

No soy nadie, no existo; hora y media de no ser yo, de no ser nadie, de sentirme dios, impotente, incapaz, pero omnipresente. Hora y media transcurren y no existe nadie, ni nada, lo que veo es imaginario, lo que está afuera no es real. Todo tan intocable, todo tan lejano. Como imaginarme tu rostro, que nunca he visto, aunque lo haya visto.

La vida transcurre afuera, pero en mí no. Y cuando por fin acaba, cuando los aplausos ausentes aparecen, cuando los espectadores que no están se levantan de sus asientos, cuando se encienden las luces, todo vuelve a ser tan real, tan de verdad, aburrido, sin cortes, sin música de fondo, sin créditos y sin final.

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