Unas palabras que te debo; unas palabras que me debo.

domingo, 14 de agosto de 2011

¡A La mar!

Nunca entendí muy bien, por qué llamar al mar como si fuera una mujer, hasta que conocí una mujer que fue como el mar. Ese día entendí el por qué debía hablar de éste, como una mujer, como un amor lejano, como una idea imposible.

Ahora entiendo la timidez de la arena, y la impotencia de las palmeras. Ahora entiendo la desgraciada suerte de las olas, lo afortunada que es la luna. Lo afortunada que es La mar.

"¡A La mar!" dije, bastante desesperado. A ella, a ellas, tan irreales, tan imposibles, tan de nadie, tan de alguien que no seré; tan mías, tan ajenas.

Si usted, todavía, no entiende por qué el mar no es Él, si no Ella, tiene que conocer a La mar, como una amante ficticia, como la dueña de su cabeza, como el martirio de sus días, como la vida de sus penas. Si no lo logra, entonces busque una mujer, que como ella, sea todo lo anterior; una mujer que sea La mar, pero no me culpe si lo logra.

¡A La mar! exclamé, y me sumergí en ella, en la alcanzable, en la inmensa, en la celeste con un carácter cuasi inmortal. ¡A la mar! a la fría, a la indomable, a la de carne y hueso, a la mar.

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