Debería ser sincero todos los días de mi vida, pero después me doy cuenta de lo ridículo que esto seria. La verdad es que quisiera algún día enamorarme de una prostituta, por el solo hecho de poder darle al dinero el peso de mi felicidad. No quiero llegar a los 60 años, no se me hace necesario; raya con la insensatez.
Quisiera caer algún día desde tan alto, que pueda morir del susto, antes de caer, eso sí, disfrutando la vista. Morir más de una vez sería muy agradable. A veces desearía enviudar antes de los 30, pero después me doy cuenta que difícilmente podría estar casado para entonces.
Caer en un par de drogas, sentir el dolor de la decadencia física, la piel pegada a los huesos, dejar el placer de comer, ausentarme de las responsabilidades de estar vivo, para disfrutar a fondo de la incoherencia de perder la vida con cada paso que se da.
Desearía creer en la ilegalidad, en la subversión, en muchas otras cosas que alimentaron las fabulas de mi niñez, pero ya no puedo creer en los cuentos infantiles.
Quisiera tener la vida pegada al alma, pero ya hay cosas que es mejor no pedir. Un manojo de deseos reprochable y unas cuantas babosadas más. Un beso de una desconocida, o una noche de sexo carnal, brutal y sucio, en el baño de un bar, con una mujer que no quisiera volver a ver.
Quisiera unas 60 pastillas de algún somnífero. Quisiera un tinto, oscuro y amargo, como debe ser. Quise no mencionarte, pero me quedó imposible.
martes, 30 de agosto de 2011
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