Unas palabras que te debo; unas palabras que me debo.

martes, 23 de agosto de 2011

No más.

Vuelvo, como un maldito a su destino, a mis noches de insomnio; vuelvo a no encontrarme en ningún lado, para poder darle un poco de sentido a dar vueltas por la vida. Rodeado de rocanroles, de viejos argentinos que me cantan de cosas que no conozco, de vidas que no tengo.

La frustración no es una buena compañía, ya sea por la realidad, ya sea por la ficción; la frustración llega con ganas de no irse nunca, como una mujer herida en su ego, inamovible, dispuesta a no marcharse hasta hacerte perder la cabeza.

Si no se encuentra la manera de expresar lo que desgarra desde adentro por salir, ¿de verdad existe? ¿O son solos las ínfulas de expresar la nada? ¿Será tan solo el no encontrar un cómo?

-¡Callese, anciano!- Le grito al altavoz, como si este fuera a sentirse. No aguanto un "salgamos al campo" más o un "Dale, sonreí"; no, esto no está para semejantes güevonadas, por lo menos no hasta encontrar los medios, las formas, la fuerza de lo que quiero gritar, o por lo menos hasta convencerme de que no tengo nada que expresar y solo es mi ego tratando de hacerse notar.

Tantos maestros que yo nunca seré, tantas obras que no tendré. La obra me acompaña, así nadie más pueda verla nunca. Mi cuerpo cada día empieza a aceptar su putrefacción inminente y mi mente todavía no. Recordá, siempre, que podrás morir tranquilo si confiás en unos pocos buenos amigos, si no... no perdás el tiempo, la vida es sólo la oportunidad que nos dan para hacernos inmortales.

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